Una reflexión de Carlos Rodríguez Parra, párroco de la Purísima

Resurgir, caridad y dignidad humana

No pocas personas contraponen caridad y justicia como antagónicas entre sí, afirmando que la justicia es la meta ineludible a la que debe aspirar y encaminarse toda sociedad, mientras que la caridad es el recurso del que hay que echar mano, como si de un mal menor se tratase, cuando la sociedad, por injusta, no es capaz o no quiere establecer los medios y las estructuras sociales y económicas que posibiliten una real distribución de oportunidades entre sus miembros, que les garanticen una vida digna.

No cabe duda de que una verdadera justicia social es signo inequívoco de una sociedad equilibrada y sana, que da a cada uno lo que le corresponde según su esfuerzo y mérito personal, pero creando las bases necesarias para que el punto de partida de todos a la hora de disfrutar de las mismas oportunidades sea real. En este sentido, posibilitar que la sociedad sea justa es sinónimo de tratar a todos y cada uno de los que la conforman de forma ecuánime, equitativa e imparcial. ¡Y eso es loable y bueno!

Sin embargo, quien sabe realmente lo que encierra en sí misma la palabra caridad y la vivencia de la misma, comprende que ésta no es un desdichado subsidio al que lamentablemente recurrir para remediar en lo posible la falta de justicia, siendo ésta la única buena y loable, y aquélla, el parche que tapa la vergüenza de nuestro fracaso como sociedad y tranquiliza las conciencias.

La caridad es el amor sin medida que no da a cada uno lo que se merece, sino que da a cada uno, con independencia de que lo merezca o no, lo que necesita; la caridad no consiste en dar, sino en darse; la caridad no ve al otro como a un ciudadano -sujeto de derechos y de deberes-, sino como a un hermano -ese que es parte de mí mismo y cuya suerte comparto tanto en lo bueno como en lo malo-. ¡Por eso la caridad es más laudable!

Pretender una sociedad en la que rija una justicia radical, en la que todos poseamos lo mismo y gocemos de los mismos bienes, además de ser algo imposible de lograr, sería también una injusticia radical, pues cada persona es poseedora de unas cualidades que la hacen única y de unas capacidades que le hacen desenvolverse con mayor o menor éxito, alcanzar mayores cotas de prosperidad o que más fácilmente le abocarán a quedar rezagada con respecto a algunos de sus semejantes. Nuestra sustancial diferencia con respecto a las demás personas imposibilitará que, aunque se creen estructuras y medios políticos, sociales y económicos justos, dejen de existir situaciones que coloquen a determinadas personas en situación de desventaja que la sola justicia no puede remediar, y para los que siempre habrá de estar presente la caridad.

Toda forma de caridad, si esta es cabalmente entendida, es buena. Pero, aquella que con su modo de proceder dignifica la dignidad de la persona socorrida, siempre será mejor.

Desde que hace ya 25 años emergió en la sociedad onubense el Economato Resurgir, éste, que es más que una asociación que pretende paliar en la medida de lo posible la falta de justicia social, siendo la conjunción de unos corazones, mentes y manos siempre abiertas que se donan mediante la entrega de su tiempo, esfuerzo, ilusiones e imaginación al prójimo que necesita ser, no sólo auxiliado en su necesidad básica de conseguir una alimentación digna, sino también -y muchas veces principalmente- en su necesidad de ser acogido, comprendido, valorado, escuchado y mirado amorosamente con verdadera caridad, ha realizado el don de la verdadera caridad desde el presupuesto de la dignificación de la persona socorrida.

No es de extrañar pues, que la fórmula que felizmente fue dada a luz como medio para ayudar a tantos prójimos necesitados, fuese la de un economato.

Establecer un economato con el que ayudar a quienes necesitan cubrir sus necesidades básicas, garantiza que estos hermanos nuestros no vean menoscabada su dignidad, ya que, bien por sus propios medios, bien ayudados externamente por parroquias, Cáritas u otras entidades, al acudir al Economato Resurgir, ellos mismos depositan una pequeña cantidad de dinero que les permite comprar -a un precio muy inferior al de mercado- los alimentos, artículos de aseo personal y de limpieza de la casa que necesitan.

Ello contribuye a que, al tener que hacer un cierto esfuerzo económico para adquirirlos, no perciban que les son donados como si ellos mismos no pudiesen aportar nada útil siquiera para su propio sustento y en todo dependan de lo que buenamente se les quiera dar, sino que, al contrario, por el hecho de comprarlos, de pagar por ellos, realmente son suyos, se los han ganado con su esfuerzo.

Solamente quien se ha visto alguna vez en la necesidad de tener que pedir sin poder aportar algo a cambio, sabe hasta qué punto ese hecho lleva a sentirse mal, como inferior. Pero cuando la persona es capaz de aportar por aquello que percibe, siente que se lo ha ganado con su esfuerzo y valía. Y la valía no es la medida de lo que tienes, sino de lo que eres. Vales no por lo que tienes sino por quién eres.

Esta forma de ayudar es la gran y feliz idea que representa como realidad eficazmente transformadora Resurgir. Un medio eficaz para que cualquier persona que se acerque a él pueda, sintiéndose un ciudadano más que hace la compra, ver remediada su situación de carestía.

Y pueda hacerlo, comprando distintos productos tanto de marcas, llamémoslas más básicas, como de aquellos cuyas marcas son reconocidas por todos, lo cual también ayuda a apreciar la realidad de una compra tan normal y habitual como la que se pueda hacer en cualquier otro establecimiento.

Pero para que todo esto sea posible, Resurgir no solamente hace una labor de asistencia en su economato, sino que también hace la tan necesaria labor de concienciación entre aquellos que disponemos de una mejor situación económica, laboral, social y personal. Para ello edita regularmente la revista que tienes en tus manos. Ella pretende dar cumplida información de la vida y caminar de Resurgir; pretende mostrar el rostro de quienes se acercan a Resurgir para ser dignamente atendidos y que no son números o estadísticas, sino personas concretas; y, finalmente, pretende mover nuestros corazones y voluntades para que no echemos en el olvido a tantos hermanos nuestros que verían acrecentada su necesidad si nosotros desamparásemos a Resurgir.

Con cinco panes y dos peces no se puede dar de comer a una multitud. Pero hubo una vez en que uno dio esos pocos panes y peces y Otro hizo que comieran todos.

Tal vez no tengamos más que esos pocos panes y peces, y con ellos lo que consigamos sea menos de lo que se necesita, pero si seguimos entregándole a Resurgir esos humildes pero sinceros recursos, Resurgir los seguirá multiplicando para que, si no llegan a todos, al menos, lleguen a no pocos. Y esos pocos, hasta que construyamos un mundo más justo, no carecerán de nuestro amor; de tu caridad y de la mía.

¡Y es que la persiana de Resurgir la levantamos entre todos!

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Carlos Javier Rodríguez Parra, nacido en Minas de Riotinto (49 años) el 13 de junio de 1974, fue ordenado diácono en la Santa Iglesia Catedral de Huelva en el año 2000, ejerciendo su diaconado en las parroquias de Punta Umbría en donde recibió la Sagrada Ordenación Presbiteral el 23 de junio de 2001.

Ha ejercido su ministerio sacerdotal en las parroquias de Villablanca, San Silvestre de Guzmán, Sanlúcar de Guadiana, Pozo del Camino y La Redondela (2001/ 07). Isla cristina (2007/15). Lepe y La Antilla (2015/22). Y, desde septiembre del pasado año en la Purísima Concepción.

Fue Vicario Episcopal de la costa y el Andévalo, miembro del Consejo Episcopal, del Colegio de Consultores, del Consejo del Presbiterio y del Consejo Diocesano de Pastoral.

Bachiller en teología por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en derecho canónico por la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid.

Canónico Doctoral de la Santa Iglesia Catedral de Huelva, se ha incorporado al Tribunal Diocesano.

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